El sol de Illinois

El sol de Illinois

viernes, 29 de febrero de 2008

El genio "instintivo" de Bardem

Domingo 24 de Febrero de 2008: Javier Bardem gana el Oscar al mejor actor secundario por su papel en No country for old man, película que no he visto, vaya esto por delante antes de decir nada más, pero que, por supuesto, veré (de los hermanos Coen sólo creo haber visto, que recuerde ahora mismo, Muerte entre las flores, que me gustó, y Fargo, que me gustó muchísimo)

De los Oscars me entero prácticamente de casualidad. No vivo en el mundo últimamente (como ya os he dicho, ni TV tengo), y aquí en los periódicos locales no se hizo ni una breve mención al tema. Total, que la lista completa de oscarizados no la vi hasta ayer, o sea, hasta el jueves (este año sentí una ilusión especial cuando me enteré de que el exclente actor Daniel Day-Lewis ganó la estatuilla a la mejor interpretación masculina. Lo cual por cierto me recuerda que el domingo de marras, mientras desenrollan la tan traída y llevada alfombra roja y las estrellas empolvan sus quirúrgicamente perfeccionadas naricillas, o se aplican las últimas inyecciones de bótox, yo estoy navegando por vaya usted a saber qué mares... ahora en Corfú, luego en Noruega, más tarde en el Caribe... "metafóricamente" hablando, claro)

Aunque no he visto la peli antes mencionada, no me hace falta verla para saber desde hace tiempo que Bardem es un un actor único en su especie. Un fuera de serie. Lo primero que destaca en él y llama poderosamente la atención es el físico (incluida la voz). Y no me refiero a que sea un hombre atractivo si no a algo que va mucho más allá de eso. Me refiero a una especie de fuerza casi animal que emana de su interior, que traspasa y toca un físico ya de por si feroz, y que termina llenando la pantalla. Sin ser, ni falta que le hace, un hombre guapo al uso, porque los bárbaros, que se sepa y por fortuna, nunca han sido guapos. Suerte para él, porque su físico peculiar le ha permitido convertirse en el “actor de carácter” que hoy es, con papeles muy variados y duros, interesantes, oscuros, intensos. La fuerza interpretativa de Bardem “parece” una fuerza instintiva, una fuerza de apariencia tan básica y consecuencias tan impactantes, que semeja un elemento de la naturaleza... un tornado, una tormenta eléctrica, un coyote rastreando a su presa. Tiene la misma naturalidad, la misma belleza aparentemente inconsciente de sí misma, la misma elegancia salvaje y el mismo instinto delante de la cámara, aunque su instinto, a diferencia del tornado o el coyote, sí sea consciente y conocedor (y no lo parece, ahí radica su genialidad)

En suma, Bardem es materia prima en movimiento. Los resortes que utiliza para dirigir esa materia prima, los desconocemos, y están tan bien ocultos que parece que todo formase parte de su propia naturaleza obedeciendo sus propias leyes ciegamente: pura física, mas que trabajo exhaustivo, conscientemente elaborado y pulido. Pero mucho más que ciego instinto -que algo de eso es- tiene que haber, porque ha dominado tan a la perfección su “fuerza bruta” delante de la pantalla con una inteligencia tan extraordinaria, que ha conquistado todo tipo de papeles, algunos incluso opuestos a su físico y características.

La genialidad, o el talento en general, para no ser tan exagerada, se confunde muchas veces con el instinto porque los talentos saben esconder el duro y muchas veces penoso trabajo que hay detrás de una obra bien conseguida. En España se tiende a denostar el trabajo porque se piensa, aunque no se admita, que en el fondo es un demérito conseguir algo a base de esfuerzo. Se tiene la idea de que los realmente “buenos” logran las cosas de forma sencilla. Pero eso, a parte de un error grave de juicio de consecuencias negativas, es una percepción superflua y engañosa debida a que los buenos resultados parecen, de cierta manera, en cierta forma, sencillos (dejando la técnica a parte); parecen inspiración conseguida en un momento mágico, en un rapto de los dioses o de las musas, y nada más. El trabajo que hay detrás apenas se ve, si uno no se pone a medir lo difícil que es hacer algo, y hacerlo bien.

Por supuesto que el proceso creativo, del tipo que sea, es complejo y hay “raptos de inspiración”, momentos intensos en los que “todo fluye” y que también, según la psicología, parecen corresponderse con estados mentales de concentración máxima que todo el mundo ha podido experimentar alguna vez, propios de distintos momentos creativos o emocionales de muy diversa especie, como cuando se consigue resolver un problema matemático, o como cuando un atleta logra una marca especialmente buena, o un futbolista está haciendo un movimiento tan perfecto que “sabe” que va a meter el gol justo instantes antes de meterlo. En esos momentos parece que “todo va”, todo encaja, parece que los pensamientos o, en su caso, los movimientos, surgen de forma natural, armoniosa y perfecta, por “puro instinto”, casi ajenos a uno mismo, aunque se trate de un problema o creación totalmente abstractos. Pero, como se dice, “hay que procurar que las musas te pillen trabajando”. Además, el problema matemático se resuelve a veces después de horas de intenso y duro trabajo (y estudio) en el que no siempre las cosas parecen “fluir”, todo lo contrario. El atleta consigue la marca después de años de duro esfuerzo. El artista tiene que conocer las técnicas y resortes de su oficio, pero mucho más que eso, haber hecho a veces muchos borradores, bocetos, proyectos o intentos baldíos, aunque otras veces la inspiración “fluya” gratamente. Los momentos de inspiración máxima, de gratificación plena, son momentos puntuales, y siempre después de haber aplicado un cierto esfuerzo e intensidad dirigida con voluntad firme y constante al tema en cuestión. Y no hace falta ir al artista, al creador o al que nace con un don, si no que cada uno en nuestra propia vida cotidiana creo que podríamos aplicar todo esto a nuestro trabajo, ocupaciones y, siendo más elásticos, a casi todo en general. Los momentos verdaderamente “mágicos” o “cumbre” no abundan todos los días en la vida de uno, y hay que conseguirlos pagando a veces un alto precio. Y esto vale para casi cualquier cosa.

En suma, talento, sí, claro, pero con trabajo y esfuerzo: no hay otro camino. El talento sin trabajo, sin intento, sin error, sin intención, sin esfuerzo, sin concentración, sin objetivos y sin pasión, apenas sirve de nada. Otra cosa que se nos quiera vender, producto de la sociedad a veces inmadura en la que vivimos, es un cuento, una impostura.


Siguiendo con el talento, pero volviendo al tema actoral; en España casi siempre ha habido muy buenos actores. Y me diréis que me pongo las chanclas y los rulos en medio del glamour hollywoodiense, pero me da igual, si recuerdo aquí a talentos (digo bien, y no rectifico ni un poco) como José Luis López Vázquez, Alfredo Landa (apodado “animal cinematográfico” por uno de los mejores directores de cine de este país), o qué sé yo, tantos otros, desde José Bódalo o Agustín González hasta Luis Varela, aunque a veces hayan sido injustamente encasillados algunos, pasando por el genial en tantas cosas Fernando Fernán-Gómez, o Francisco Rabal o el más actual y estupendísimo (y no bien explotado) Carmelo Gómez. No hay que hablar de las españolas que me ponen los pelos de punta como Carmen Maura, Victoria Abril, la españolísima y guapísima a más no poder Charo López (la Ava Gardner española) o hasta Verónica Forqué, sin olvidarnos de Terele Pávez, Chus Lampreave, Marisa Paredes, Lola Gaos... Muchas y muchos, no pretendo ser exhaustiva, porque no podría serlo aquí. Yo creo que España ha sido, y será, un país de “cómicos”, como se decía antes.


Aunque he de admitir, no sin cierta decepción, que me parece, por sus intervenciones públicas, que Bardem está empezando a creerse el Marlon Brando español. Que, aunque lo sea, qué bonito es que alguien sea inconsciente de su hermosura y atractivo, mental, físico o espiritual, o parezca serlo, y no se comporte como si fuera un divo o un “infante terrible”, o como si fuera irresistible (no soporto a la gente que se cree o se comporta como si fuera irresistible, sean hombres o mujeres. Parafraseando a Oscar Wilde, con su típico y ácido sentido del humor, “no soporto a las mujeres que se creen geniales, ni a los hombres que se creen irresistibles”. Pues eso) Aunque creo que es lo suficientemente bueno e inteligente como para que su trabajo no se resienta por ello, como le ha pasado un poco a Antonio Banderas. En fin, un país con excelentes actores, como decía antes, aunque casi nunca se lo hayamos sabido reconocer de verdad a los pobres, tan obnubilados estamos con los americanos y los ingleses; que lo merecen, por supuesto, pero aquí hemos tenido también muchos talentos que no son en absoluto, aunque algunos los quieran poner a ese nivel, de rulos y zapatillas de estar por casa. Y seguimos teniendo algunos, aunque en los últimos tiempos estemos padeciendo pequeñas sombras.

Y en medio de todos ellos, ahora y mañana, está Bardem, bello como un animal inteligente y peligroso. Intensísimo.


viernes, 22 de febrero de 2008

Soledad, Orson Welles y Mozart en Urbana-Champaign


Un solitario árbol me saluda a la salida de casa
Sobrevive al invierno, como todos: desnudo, solo, pero no desarraigado


Como ya explicaré con detalle en otra entrada un poquito más adelante, la vida que llevo aquí es una vida extremadamente sencilla y espartana en todos sus aspectos. Desde el propio apartamento hasta la comida, pasando por los hábitos, la soledad, la ausencia de comunicación y el día a día. Hasta la ropa que llevo es sencilla y rutinaria (no pude traerme "mi ropa" conmigo, sólo lo esencial, y hasta esa pequeña y superflua renuncia me está gustando, lo creáis o no). Una vida "carente" de muchas cosas, si se me permite la banalidad de aplicar ese término a la existencia de alguien que tiene el privilegio de tener comida abundante y un techo bajo el que dormir, eso primero y esencial, siempre lo tengo muy presente en mi vida, sumado al enorme privilegio temporal, merecido o no, de estar becada para pasar seis meses en un país extranjero en una de las más prestigiosas universidades en mi área de trabajo. Todo eso es un lujo, tanto una cosa como la otra, pero lo cierto es que "carezco" de muchas cosas con respecto a mi vida normal. Y no tanto en lo material, que también, sin que me falte de nada esencial o básico, por supuesto, pero sin tener comodidad extra alguna -aunque eso no sea lo importante-, como en muchas cosas personales, casi espirituales, como la amistad y la comunicación inmediata, por ejemplo, por no hablar de otras circunstancias.

En fin, que, a parte de los privilegios antes mencionados, por los que doy gracias a Dios todos los días, aquí no tengo ni disfruto apenas nada excepto a mí misma, lo cual es mucho (lo cual lo es todo) y, por supuestísimo, a la gente que esta ahí al otro lado y que me quiere, lo cual ya me hace reventar de felicidad. Pero en mi realidad y entornos inmediatos, como es lógico para cualquiera en mis circunstancias, a veces echo de menos muchas pequeñas y grandes cosas, desde ciertas comodidades o lujos como el coche, por ejemplo (y el mono de conducir va en aumento), hasta mis enseres personales, enseres que llenaban mi espacio interior y también, de nuevo, mi espacio material o superficial, menos importante pero que hace un poco más bonita la vida, aunque no sé si debería ser así (libros, música, hasta la ropa, como digo; hasta la televisión, que aquí no tengo, ni quiero comprarme una), y, claro está, mis amigos, mi gente, mi familia (uno nunca sabe lo mucho que echará de menos a la familia hasta que está lejos...), mis compañeros de curro, mis salidas, mis entradas, mi cine, mis hábitos... mi ciudad, mi Madrid, con sus zonas hostiles y todo (hasta eso echo de menos porque aquí no las hay, mecachis, joer, y creo que no hay ciudad en el mundo que las tenga, hasta en eso es particular Madrid), pero con sus calles insomnes, sus rincones que tanto significado tienen para mí, su luz, sus lugares conocidos y entrañables, recurrentes, su belleza, su idioma, su gente... Gente, gente, gente, personas a las que añoro mucho, mucho, a alguna muy en especial, pero a muchas en general. Demasiadas ausencias. Y todo tan diferente a esto... Pienso mucho en todos vosotros.


Vista invernal y solitaria (como siempre) de Orchard Downs


Una existencia la que llevo aquí, en resumen, con pocas comodidades y renunciando a bastantes cosas (en parte porque yo quiero hacerlo, que conste, en parte porque las cosas son así y no queda más remedio y en parte porque me he trazado un esquema de vida que tiene que pasar por esto), sin llegar a ser incómoda o poco confortable en exceso, pero que a veces se hace, y de hecho lo es en muchos sentidos, un poquito árida. Sin embargo, esta vida me gusta bastante. A pesar de todos los pesares y a pesar de que estoy deseando que el tiempo pase deprisa y llegue el buen tiempo y, sobre todo, llegue el regreso (regreso, que bonita palabra), y a pesar de los momentos duros, que los hay a veces, a pesar de todo eso es cierto y es maravilloso haberlo descubierto, que me encanta la soledad y me encanta vivir sola, en el más amplio sentido de la palabra. Pero más que eso, es que me gusta de verdad la vida que llevo aquí, sencilla, ordenada, solitaria, tranquila, recogida en mí misma; y me "gusta" la ciudad, me cayó bien desde el primer momento; y me gustan mis hábitos y mis renuncias y mi trabajo y mi jefe y a ratos me gusta la sensación de estar conmigo misma y nada más. Será porque sé que esto sólo es transitorio. Aunque es una sensación ambivalente, estoy en general tranquila y en calma, y con ganas de hacer cosas aquí y de disfrutar mi estancia, me da igual que sea a solas o no. Pero espero poder llenar esa vida poco a poco con algo más que "trabajo-algo de lectura-pensar en muchas cosas-rutina doméstica", sin renunciar a la sencillez a la que me estoy acostumbrando. Llenarla con algunas actividades extra-laborales, llenarla incluso con gente quizás...


Cualquiera que me oiga pensará que en Madrid llevo una vida excitante, llena de actividades diferentes y hasta de lujos, y nada más lejos de la realidad. Pero desde luego, en las pequeñas (y en algunas grandes) cosas, el contraste con la vida que llevo aquí es bastante importante. Y lo que más radicalmente marca ese contraste, desde luego, es la "soledad". Esa es la piedra angular alrededor de la cual gira todo lo demás. Otra cosa que ha marcado considerablemente mi vida en Illinois en estas primeras semanas, hasta en los horarios, y, desde luego, en las actividades extra-laborales, es el frío, que impide hacer bastantes cosas, y el respeto a salir y manejarme yo sola de noche, cosa ésta última que estoy dejando atrás con una celeridad alarmante (quizás estoy bajando demasiado la guardia), y que está dando paso a una vida un poquitín más variada, con horarios más normales y con alguna salida esporádica en la última semana.



Video tomado a la salida del Everitt Lab, donde trabajo


Precisamente esa era una de las cosas que determinaba (y que aún determina) mi vida sencilla y rutinaria, el hecho de que aquí apenas salgo, por no decir que no salgo nunca, de momento, excepción hecha de las dos cenas que he tenido con Cangellaris (una de ellas relatada en una entrada de este blog, la otra al día siguiente de mi llegada aquí; cenas que, aunque al final resultaron momentos muy buenos, eran más por compromiso laboral que otra cosa), y excepción también hecha de lo que a continuación voy a contar. Como digo, esto es consecuencia en gran medida de que le estoy perdiendo el respeto o el miedo a la noche de Urbana-Champaign y a la soledad de sus calles. Y perdiendo más audazmente todavía el respeto al frío, también.


Mis primeras salidas en Urbana





El sábado pasado fui a ver Ciudadano Kane en el Virginia Theatre, un teatro de los años cuarenta que han remodelado y que aprovechan para, amén de otros espectáculos, poner un par de películas a la semana. Creo que aquí la oferta cinematográfica no es muy amplia, aunque todavía tengo que informarme detalladamente de todos los cines que hay en la ciudad. Sin embargo, cuando me enteré de que por 3 dólares echaban una reposición de Citizen Kane en el Virginia Theatre, película que nunca había visto y que se supone que es de visión obligada para cualquiera (aunque a mí lo de "lectura obligada", "visión obligada", etc., me parece muy elástico, porque no hay absolutamente nada que sea intocable, o no debería haberlo), pues me entraron unas ganas enormes de ir a verla. Un mes sin ir al cine, y poder ver Ciudadano Kane en versión original y en pantalla grande... creí que no habría mejor oportunidad de inaugurar mis visitas a los cines de Urbana.






Bueno, la película me gustó bastante. Iba muy ilusionada, a pesar de la lluvia y de que la hora de salida, en una zona desconocida de la ciudad, que resultó ser tan solitaria como todo lo demás (a excepción del centro del campus), me echaban un poco para atrás. De hecho, esperando el autobús a la salida sentí que se me congelaba el corazón y casi, casi me arrepentí de haber ido. Afortunadamente, esta vez el autobus tardó poco. Ilusionada iba también a pesar de que pensaba que una película como esa, de culto, considerada como una de las mejores películas de la historia del cine, me iba a decepcionar con casi total certeza. Pero mereció la pena porque visualmente la película me pareció una de las mejores películas que he visto en mi vida, sobre todo teniendo en cuenta que se hizo a finales de los años 40. Me sorprendió mucho, muchísimo, no desde el primer plano, pero casi desde el segundo. La fotografía y la luz y el manejo de la cámara me parecieron absolutamente geniales y revolucionarios de verdad (realmente es una película de 1947? Impresionante...) La historia, basada en la vida real de un magnate americano de la comunicación, me pareció interesante, con cierta sutileza psicológica y hasta social, y muy bien narrada, nada más ("nada más" para estar considerada la mejor película de la historia, quiero decir). El final, un poco decepcionante y previsible, pero esta bien como metáfora sencilla de que una vida humana no se puede explicar, ni resumir, ni condensar en una palabra. Bueno, vale, estamos todos de acuerdo. La actuación de Welles, impresionante. Los demás actores, muy buenos también. No sera la película que pondré primero en mi lista de películas a ver, desde luego, pero, aunque totalmente lega en materia de cámaras y fotografía, pienso que su factura es genial. O al menos yo la disfruté mucho. A los que no la hayáis visto, que creo que seréis muy pocos, os la recomiendo. Efectivamente "había que verla".






Más cosas: el miércoles pasado, gracias a una invitación de la Universidad para todos los que vivimos en Orchard Place (he descubierto que de vez en cuando hay eventos gratuitos, o muy baratos, organizados por la gerencia de mi vecindario), fui a ver una ópera de Mozart (Cosi fan tutte, cuya traducción literal creo que es "Así hacen todas", y que en inglés tradujeron como "Las mujeres son así"). Una ópera bufa con libreto de Lorenzo da Ponte que, a pesar de mi poca costumbre y mi poca cultura para la ópera, y a pesar de que la puesta en escena no tiene nada que ver con la del Palacio Real (las pocas veces que he estado en él), me resultó deliciosa, tanto musicalmente como por la historia en sí, historia encantadora de verdad, aunque en todo ello las mujeres no salgamos muy bien paradas... :-) A mi inexperto oído le pareció que la orquesta y los "cantantes-actores" lo hicieron francamente bien. A mí me tuvieron encandilada todo el rato, al menos. Especialmente las dos protagonistas femeninas y el actor que hacía de señor mayor. No me gustó que los americanos (el auditorio allí presente) aplaudieran cada escena como si se tratase de una obra de colegio o de un show de televisión. A la salida, sin embargo, bastante tarde, hacia tanto frío, pero tanto, tanto, y el autobús tardaba tanto en llegar, que empecé a acordarme de mis sensaciones el primer día de mi llegada a Chicago. No sé si Mozart se merecía pasar ese frío durante mas de media hora, y puede resultar blasfemo lo que digo (cosa que no me importan en absoluto) pero es que, ojo, había que estar allí esperando, eh? De nuevo, no os podéis hacer una idea. Esta semana hemos sufrido la peor ola de frío desde que estoy aquí, y mi cuerpo ha empezado a acordarse varias veces del día del aeropuerto, del dolor tan tremendo en las manos (y en la cara, y en las orejas), y de mi entrada del blog hablando de cómo se acostumbra uno al frío (si antes lo digo, antes me desacostumbro), y sólo ayer viernes la cosa pareció mejorar, con la llegada de la nieve. Hoy sábado ha hecho una mañana preciosa, preciosa, plácida y con una temperatura extraordinaria, daban ganas de jugar en la nieve perfecta, inmaculada. Pero no había nadie con quien jugar (aunque he disfrutado haciendo algunas fotos de camino a la lavandería), y ahora por la tarde la temperatura está pegando un bajón impresionante.




Volviendo a la ópera, la historia de Mozart habla de las veleidades del corazón femenino y de cómo, para probar esto a dos enamorados poco avisados, un hombre ya experimentado, entrado en años, les propone un juego para poner a prueba a sus "fidelísimas" amadas. A ellas les hacen creer que los muchachos tienen que partir inmediatamente a la guerra. Se despiden entre sollozos y lamentos, pero al poco vuelven, disfrazados y ocultando su verdadera identidad, intentando seducirlas como si de dos extraños se tratase, con ayuda de su doncella, la traviesa Despina, haciéndose pasar por dos personajes un tanto estrambóticos (que dan pie a la comicidad de la obra) e intercambiándose a las parejas, para ver hasta donde llega el virtuosismo y la fidelidad de las que parecen nobles e incorruptibles doncellas. Al principio se les hace durísimo, y ellas que no, que no, que qué barbaridad, que sólo tienen corazón y ojos para sus amados ausentes. Pero con las tretas de la doncella y la persistencia incombustible y la ardiente elocuencia de los mozos, al final poco a poco las mujeres van sucumbiendo... La única diferencia con los hombres es que éstos hubieran sucumbido al primer piropo. Qué digo al primer piropo, a la primera mirada tierna, sea ésta real o imaginada. "Cosi fan tutti!!" No hay excepción, no la hay, no la habido ni la habrá, creedme, mujeres atolondradas, que algunas estáis atolondradas. No hay excepción masculina bajo el ancho cielo, y os lo dice una enamorada que, ojo, cree tener una pareja fiel por naturaleza, pareja a la que espero no ofender ni molestar, ni a él ni a ningun hombre (él ya sabe lo que pienso de todo esto, y lo digo sin acritud y con todo el cariño del mundo, pero lo digo porque lo pienso, aunque parezca una generalización tópica, banal y superficial. Es una realidad, aunque como toda regla pueda tener sus excepciones, muy raras en este caso, igual que el hecho de que el ser humano tenga, por lo general, dos brazos, y esto creo que puede admitirse como verdad universal, a veces nacen personas extraordinarias con tres brazos, o con uno, y eso no resta generalidad ni veracidad a la regla universal). Pero apenas hay excepción para un hombre al que le surge el cómo, el cuándo y el con quién de forma al 100% apropiada (o al 90%...), aunque cada uno tenga su cómo, su cuándo y su con quién, y algunos lo tengan a todas horas y con casi cualquiera, y otros sean un poco (o bastante) más robustos moralmente hablando. A estos últimos, normalmente solo hay que darles tiempo y, lo dicho, oportunidad. Quien crea lo contrario, incluso de sí mismo, no es honesto o no vive en el mundo o no ha abierto los ojos todavía. O no ha pasado suficientes inviernos con su pareja ni se le ha presentado la ocasión a la que le haya sido imposible renunciar, sea esta la que sea. Pocas cosas tengo por tan ciertas en esta vida de verdades relativas y, como el viejo cínico de la ópera, estaría dispuesta a apostarme lo que sea con quien sea. Y a veces los que más buenos parecen, son los peores. Puestos a decir tópicos, no voy a dejar de decir otro en el que también creo. Y no soy una mujer cornuda, que yo sepa, ni, por lo tanto, hablo resentida, pero vivo en el mundo y he visto muchas cosas, algunas que me han sorprendido enormemente. Resumiendo, hay dos tipos de hombres: los que son fieles por naturaleza y los que no lo son. La diferencia entre unos y otros, aunque pudiera parecer cualitativa y en un principio lo es, al final y con el tiempo y/o las bellas oportunidades, es algo cuantitativo mas que cualitativo. La diferencia cualitativa entre unos y otros realmente estriba en la actitud real interna (no la aparente) y la idea que se tiene sobre las mujeres, la pareja, el compromiso y la fidelidad, y luego, en la debilidad de cada cual, sobre la cual influyen muchos factores personales y ambientales. Pero al final estas diferencias cualitativas entre los hombres simplemente se traducen en una mayor o menor probabilidad de ser infiel, siendo esta probabilidad siempre, siempre y en cualquier caso, como regla general, mayor que cero.




Bueno, me desvío. La ópera tiene escenas muy divertidas y algunos trozos musical y vocalmente hablando, muy buenos. Se confirma, una vez más, que el mejor y mas sublime instrumento musical que existe posiblemente sea la voz humana (cuando se sabe utilizar de verdad, claro está).



El siguiente vídeo, de muy mala calidad, es un pequeño y simpático fragmento de la ópera en el cual los novios, hartos de ser despechados y locos de dolor, simulan tomar un veneno. Despina, la sirvienta, se hace pasar por doctor y las persuade a ellas de que sean cariñosas con los muchachos a fin de salvarlos. Hice otros vídeos de la ópera, para recuerdo mío, pero todos son muy malos, a cual peor. Además, no alcancé a grabar ningun trozo de los que me parecieron musicalmente tan buenos. No tengo el don de la oportunidad para las fotos ni para los vídeos, estoy descubriendo. Pero además tened en cuenta que todos los vídeos que aquí veáis están hechos con una cámara de fotos, para empezar, y que encima, tampoco es muy buena que digamos, es de lo más baratillo que vi (hasta las voces distorsiona, como podréis comprobar). Después, las condiciones de luz eran muy malas, y había un cabezón delante de mí que me impedía grabar a gusto. Más aún, jamás en mi vida he grabado un vídeo hasta ahora (aunque un video casero tampoco es que tenga mucha ciencia). Y, por si fuera poco, el ángulo es tan extraño y el escenario está tan mal tomado porque intentaba grabar, junto con el escenario, la traducción de la ópera que se veía con letras luminosas en lo alto... pero esto último, claro está, no se alcanza a ver debido a la oscuridad. No podía aplicar el zoom porque, dada sobre todo la mala luz que había y la baja calidad de la cámara, distorsionaba demasiado la imagen.



Fragmento de la opera "Cosi fan tutte"


Ese día conocí, gracias a mi visita a la ópera, a una vecina de Orchand, vietnamita, cuarentona pero atractiva, de voz grave y muy agradable, bióloga, que vive aqui con su hijo adolescente y que ha recorrido medio mundo en pos de la biología (ha vivido en diversos países de Europa, por ejemplo, pero no en España, aunque tiene colegas de profesión españoles, según me dijo). Me ha dado su tarjeta (no pude retribuirle con la mía, porque no tengo), y me dijo que estaríamos en contacto, aunque no lo creo. Pero parecía muy sociable, a lo mejor quedo con ella algún día para ir a cenar o algo así. También conocí a otros vecinos de Orchard (todos juntos esperando al autobús, eso me salvó de la desolación total, porque al menos no tenía que estar sola esperando), un matrimonio, él francés, ella polaca, que me preguntaron (por el acento), que si yo era sudamericana o española. Casi siempre me preguntan que si soy francesa o italiana, pero el francés tiene madre española y reconoció mi acento, y se apostó con su mujer a que yo era española. Aunque él no habla muy bien el idioma, pero lo entiende. Ella me contó que una vez en Chicago se le olvidó su gorro y, literalmente, se le congelaron las orejas. Me lo creo.


Al respecto solo puedo decir que yo cuando llegué a casa sentía un escozor tan grande en orejas y manos, y había pasado tanto frío, pero tanto, tanto, que por un momento me olvidé de Mozart, de la ópera y del mundo entero, y lo único que se me ocurrió decir, lo prometo, fue: "!!!me c%#$ en la p*#@ madre del que descubrió América!!!".

Nieva azúcar


Ayer tuvimos la nevada mas increíblemente bonita desde que estoy aquí. Es una nieve suave, porosa, dulce como los besos, que te pinta de blanco como si fuera azúcar y luego, apenas te mueves, se desliza ligera y mansa hasta el suelo antes de derretirse. Apenas ni te moja.




La imagen que en la anterior entrada del blog aparecía primaveral, ha vuelto a cubrirse de blanco.



Vista desde el Illini Union del campus universitario. A la izquierda, el Everitt Lab.


Este mediodía estaba así de luminoso y apacible Orchard Place, donde vivo (vista desde la lavandería). Yo me sentía feliz a morir.


Al lado del Illini Union, ayer viernes por la tarde


El Illini Union visto desde la entrada del Everitt Lab, al otro lado de la calle.
El Illini Union es un centro de reunión universitario (realmente es uno de los centros neurálgicos y físicos del campus universitario). Está abierto las 24 horas y cuenta con hotel, sala de espectáculos, sala de ordenadores, alguna tienda, restaurantes, cafeterías, salas de descanso (donde la gente se echa la siesta en sillones y butacones de estilo siglo XIX), salas de proyección de películas, periódicos gratuitos, salas de reuniones y congresos, salas de estudio, salas de fiesta, centro itinerante de donación de sangre, etc.



Esta gótica foto, al lado del Illini Union de nuevo, se la dedico a Bosco, allá donde quiera que esté su romántica y atormentada alma de ultratumba. Siempre que la veo me acuerdo de ti, Javi.
El romanticismo del edificio en realidad esconde tan sólo un prosaico centro de oficinas de la Universidad.



En esta parada de autobús (a la izquierda), cojo yo la línea 80 -Orchard to Campus- todos los días. Esta tarde al venir hacia acá, aparecía así de bonita, con mucho más sol que de costumbre.


Mientras fumaba ayer a las puertas del Everitt Lab, tomo una foto.


Otra foto, consecutiva a la anterior, desde otro ángulo, con el Illini Union a la derecha.


La dulzura de la nevada de ayer y la calma del día de hoy se dejan entrever un poco en esta foto de Orchard South, casi a las puertas de mi casa, tomada este mediodía.


Un copo de nieve chiquitito, que apenas se ve, se derrite en mi mano.
Esto me recuerda una cosa que le dije ayer a cierta persona, y a esa persona le dedico esta foto y le regalo este copo de nieve.

domingo, 17 de febrero de 2008

Primer impacto: el clima

El día que llegué a Chicago fue el peor día de mi vida, climatológicamente hablando. En la terminal del aeropuerto esperando al autobús que me traería hacia aquí, de pronto algo sucedió: empezó a oscurecer, a nevar, con ventisca incluida, la temperatura pareció descender una barbaridad con respecto a los veinte bajo cero que, según el piloto, había cuando llegué. Empecé a moverme para entrar en calor, el autobús no llegaba. Dolían las extremidades, hasta el punto de que el dolor en las manos se convirtió en preocupante. Me las metía en la boca, las metía en los bolsillos abriéndolas y cerrándolas para activar la circulación, daba palmas, no sabía que hacer. Nunca me habían dolido antes así por culpa del frío (ni por ninguna otra cosa). Y con guantes, por supuesto. Dolían tanto que empecé a preocuparme de verdad. No sería una tremenda estupidez, pensaba, que tuvieran que amputarme los dedos por congelación a las puertas del mismísimo aeropuerto? Lo pasé francamente mal. Mas de 45 minutos esperando. El impacto fue tal que pensé que iba a sufrir muchísimo aquí, muchísimo. Un animal malherido al que nadie remata piadosamente, así me sentía yo, y así pensaba que iba a ser durante parte del invierno. En esto llegó mi salvador, un ángel negro que conducía un autobús calentito como una matriz, que me hizo sentir la felicidad intensa del alivio físico extremo. Afortunadamente, nunca he vuelto a pasar por aquellas sensaciones de frío. Aunque la primera vez que rebasamos la barrera de los treinta grados bajo cero, a los tres días de mi llegada o así, cuando salí a la calle realmente dije "ostras!!!! pero esto qué es???" Pero nunca fue, nunca ha vuelto a ser como el primer día.

Ahora sé qué día exactamente hice las paces con el clima de Urbana. Salí a la hora de la comida a curiosear las novedades en una de las varias librerías al lado de mi trabajo que he tenido que dejar de frecuentar -porque debo racionalizar el dinero que me gasto en libros, libros que, además, he de llevar (cargada) de vuelta a España...- Mientras estaba dentro, había empezado a nevar. Pocos días antes de mi aterrizaje cayó una nevada que tuvo a la ciudad paralizada durante más de 24 horas, pero para cuando yo llegué la nieve había desaparecido. Llevaría yo aquí una semana este día al que me refiero de mi reconciliación con el frío, el día que empezaba a nevar otra vez, y en media hora la nieve cuajó con varios centímetros de espesor sobre el suelo. Nevaba y yo iba en esos momentos caminando por el campus lleno de vida (la única zona de la ciudad que está viva), y me sentí FELIZ como no se puede explicar. Feliz bajo la nieve y bajo el frío, que caían ambos a más no poder, a ratitos mansamente, a ratitos con dureza. Estaba en un sueño, pero muy contenta de estar en él. En esos precisos momentos me sentía parte del paisaje humano, casi urbano y hasta climatológico de la ciudad, y es ahí a donde voy.


Porque, al margen de sensaciones de cuento de Dickens, el clima invernal de Urbana-Champaign (de todo Illinois en general, y creo que hay estados peores en los USA) es, sencillamente, inhumano. Con ello no quiero decir que no sea "humanamente soportable", si no que desde luego el ser humano no está diseñado, fisiológica y psicológicamente diseñado, para vivir en estas condiciones. Aunque, bien pensado, somos una auténtica plaga que se aferra a la piel del planeta con tanto ingenio y tanta avidez que hemos sido capaces de adaptarnos a casi cualquier ambiente extremo y sobrevivir a todo en virtud de la inteligencia, hay que suponer (y, en casos, a la esquilmación). Ahí tenemos a los esquimales, que dicen ser humanos y ahí están, en sus hielos perpetuos. Y sin calefacción, ojo. O sea, lo suyo tiene mucho más mérito. Pero con iglús y con pieles de oso, cosa esta última que ya me gustaría a mi. Y a los saharauis, pueblo sorprendente y mágico, o me lo parece a mí, que han dominado tan sabiamente el desierto, que no se por qué pienso que debe ser si no incluso más, al menos, al menos tan temible como el otro desierto, el desierto azul.

Pero lo de aquí también tiene su poquito de tela marinera. Me he preguntado muchas veces desde que estoy aquí (el otro día lo hablaba precisamente con Jesús) y me sigo preguntando asombrada e incrédula alguno de esos días en los que el frío te golpea en la cara, a qué tipo de seres humanos se les ocurrió asentarse en esta zona, por supuesto sin los medios con los que se cuenta hoy en día. Fueran lo que fueran debía de tratarse de gente realmente muy dura.

En suma, el ser humano es admirable y se adapta y sobrevive por lo general a todo tipo de situación adversa, externa e interna. La prueba es la superpoblación del planeta. Y yo, la menos admirable de todos los seres humanos que lo sobre-pueblan, tampoco iba a ser menos a pesar de mis limitaciones, así que decidí en un momento dado, o lo decidió mi cuerpo por mí, no morirme por 30 grados bajo cero de nada. Inhumano el clima y todo, y con lo friolera que soy yo, aquí me tenéis, pensando en los esquimales para animarme, y sin un triste constipado que llevarme a la boca para recordarme a mí misma que soy débil y quejica. Pues, o no lo soy tanto, o mi cuerpo ha mutado. Porque desde luego los hechos demuestran que la adaptación es algo mas que un desarrollo de habilidades materiales o un desarrollo tecnológico. Creo que fisiológicamente, de forma literal, el organismo también se adapta, y de qué manera y con qué rapidez, al frío, entre otras varias cosas. Hasta unos ciertos extremos, claro. Los de aquí dicen "nunca te acostumbras a este frío", y algunos días puede ser que se llegue a esa conclusión, o que la sientan tus huesos por ti, pero yo creo que no soy la misma persona, en lo que a mi relación con la temperatura se refiere, que cuando llegué aquí. Cero grados centígrados es ahora pura primavera.

En menos de un mes he tenido el placer de ser testigo y protagonista pasivo de más accidentes climatológicos que durante el resto de mis 32 años juntos. Nevadas de más de medio metro de espesor, tormentas eléctricas salvajes (eléctricas, en pleno invierno), tormentas de viento que arrancan las ramas de los árboles (eso fue el día de los tornados en los estados del sur, día que murieron decenas de personas debido a los huracanes, y aquí se dejo notar también un poquito), lluvia-granizo-nieve todo junto a la vez, niebla densísima que se condensa y se disipa y se vuelve a condensar repentinamente, y alteración de la temperatura de hasta 20 grados en cuestión de una hora. Increíble, impresionante. No me asombro por nada ya.
Es divertido. A veces hay días que, aunque fríos, son muy luminosos y brilla el sol. Esos días son los más bonitos y, si no rebasamos los quince bajo cero, no importa el frío ni nada. Otros días en vez de nieve hay hielo resbaladizo, todo el suelo y todo el césped cubierto de agua congelada, pequeños cristales a millares que se superponen y crujen a tu paso, o una capa de agua ondulante, que parece en movimiento; a veces también hay agua congelada sobre los cristales de las marquesinas de los autobuses, sobre los cristales de las ventanas, con la forma de las gotas de agua al caer. Otros días, simplemente, duele respirar. Duele la cara y duelen las manos. Los moquillos se congelan, o empiezan a congelarse, pocos segundos después de entrar en contacto con el aire... Y luego ves a tías por ahí tan frescas, con sus zapatos de tacón y sus minifaldas (literal). Son de otra especie. Aunque, la verdad, yo creo que otro invierno aquí y algún día sacaría mis taconazos a pasear por los hielos de Urbana. Los primeros días llevaba veinte capas de ropa, salia a la calle casi con miedo. Ya no. Pensaba que iba a tener que comprarme un abrigo de esquimal o algo semejante, capas de ropa interior térmica y cosas así. Pero resulta que tampoco creáis que es tan fácil encontrar ese tipo de cosas. Aquí la gente va bastante normal. Así que al final la única concesión que he terminado haciendo al invierno de Urbana son unas botas de oso polar, que no dejan pasar ni las balas. En lo demás, nada o poco especial. Bufanda y guantes, eso sí, imprescindibles casi en todo momento. Mi abrigo, el que llevaba en Madrid cuando mas frío hacia, que pensaba que iba a ser insuficiente, el pobre, y esta resultando una joya.

No obstante la divertida variedad de azotes climatológicos y el habituarse y la mutación y todo... esto cansa. CANSA. Tanto frio, tanto viento, tanta lluvia, tanta nieve. A veces quiero YA que llegue el buen tiempo, aunque en primavera parece que hay muchas tormentas, o puede haberlas, y es la época favorita de los tornados, de los que avisan con sirenas situadas en los tejados de diversos edificios estratégicos, y respecto a los que recibes instrucciones precisas a tu llegada de cómo comportarse y cómo resguardarse en caso de que haya una emergencia. La primavera, térmicamente hablando, dura poco. Enseguida llega el verano con temperaturas asfixiantes. De hecho las casas cuentan, a parte de con calefacción, claro, con aire acondicionado. Yo miro el aparato del aire acondicionado de mi apartamento y me dan ganas de reír y de llorar, todo a la vez. Vamos, que la cosa promete.

Pero yo he guardado en mi cabeza la imagen idílica de una Urbana primaveral que me espera a mí, A MI, sin vendavales, tranquila, verde y apacible como creo que es debajo del frío y la nieve, donde poder pasear con sandalias por fin, e incluso con los pies descalzos por el césped que tanto abunda en mi vecindario. Quiero ponerme zapatos bonitos, llevar los pies semidesnudos, quitarme las medias YA, prescindir del abrigo y toda la parafernalia, guantes, bufanda y todo lo que se esta convirtiendo en mi segunda piel. Y sonreír al sol de Urbana, y al de Champaign también. No sé cómo será la primavera aquí, pero internamente pienso vivirla así, sin moverme un ápice de la postal fotográfica idílica que me he forjado en mi interior, porque estoy HARTA. Porque ahora comprendo a los habitantes de aquí, infelices, que se ponen las bermudas en cuanto deja de nevar, hartos como están que no pueden más con tanta inclemencia. Y porque si ahora estoy así, al menos por momentos feliz bajo la lluvia, la nieve, los temporales, las heladas, cómo no lo voy a estar cuando todo eso sea sólo un recuerdo?


Será casi como hacer un crucero soñado y largo tiempo esperado...

domingo, 10 de febrero de 2008

Cierre y despedida, por hoy...

Ayer me trajeron a casa sobre la una, lo cual es tardísimo para mí, que me acuesto entre las 10 y las 11 de la noche y me levanto a las 6.30 de la mañana, belive it or not. Para mas inri, hoy un amigo de mi hermano me ha despertado a las 5 de la madrugada porque, llamando a mi hermano, que debe tener el teléfono sin batería o desconectado, ha saltado la llamada a mi móvil. Eso me ha recordado (demasiado tarde), que tenía las llamadas de mi hermano Jose desviadas a mi teléfono en caso de que el suyo estuviera inoperativo… (una larga historia) y se me olvidó desconfigurarlo. Así que esta madrugada, César me ha escuchado atónito responder a su llamada (yo pensando que era algo urgente e incluso grave, al ver el teléfono de España) cuando le he dicho que estaba en Estados Unidos y que eran las 4.45 de la madrugada aquí. Voy a coger a mi hermano y a descuartizarlo… porque estas cosas solo me pasan a mi por tener un hermano como el que tengo!!! (Jose, que te echo mucho de menos, hermanito! ;-) Así que esta mañana me he dedicado a dormir, que falta me hacía recuperar un montón de sueño, hasta las 11!!!! (inaudito en las ultimas semanas), y luego a limpiar la casa, que le hacía más falta que a mí el sueño, o casi. Como se han acabado los buses -domingo por la tarde, no hay bus a Orchand Place!, o eso me parece-, no me ha dado tiempo de ir a comprar, otra cosa que tenía planeada este fin de semana y que entre unas cosas y otras, al final, nada; ni a acercarme a la Universidad a subiros las fotos, ni nada de lo que pensaba hacer… Otro día será! Tras limpiar la casa y tomarme un baño que me dejado hiper-relajada, me he puesto a estudiar y a mal comer, porque no tenia hambre, y al final de la tarde me he venido un ratito para acá por aquello de las promesas incumplidas del blog... Digo que me he venido para el Computer Center de mi vecindario, digámoslo así, es decir, muy cerquita de casa, porque como ya apenas me da miedo caminar por ese solitario parque “a deshoras” porque a todo me he acostumbrado, a lo vulnerable del apartamento, a la soledad del vecindario, a la larga noche, al frio, a todo, y ya ni siento ni padezco, pues bueno, he decidido venir a inaugurar el blog aunque sea tan tarde para mí y aunque la primera semana no hubiera salido de casa a las 7 o las 8 de la noche ni loca…

Por cierto, hablando de miedos y de cosas inapropiadas para mi rutina americana, ayer por la mañana conseguí otros cuantos libros en inglés (estoy empezando por los de fácil lectura), pero esta vez gratuitos (y con vuelta). Y voy a empezar a leerme otro libro que tampoco llegará a ser Nobel de Literatura, pero que he leído en castellano más de una vez y me encanta: Dragón Rojo, del mismo autor que El Silencio de los Corderos. No sé si leer libros sobre asaltantes nocturnos y asesinos en serie es precisamente lo que necesito… pero como creo haber superado por completo esos temores, quizás un tanto alegremente, o incautamente, no lo sé, porque si me acostumbro a llegar a casa tarde, de noche, y a caminar sola por aquí a lo mejor un día me dan un susto (pero bueno, no lo creo. Ya, no lo creo), pues eso, que creo que puedo leer el Dragón Rojo tranquilamente e, incluso, algún día hare un post en este blog sobre serial killers, que sabéis que es lo mío. Ahora me voy a casa a empezar a leerme al loco del Red Dragon in english y a la camita pronto.

Un beso a todos, mis hermosos!! Madre, la de cosas que tengo que contaros, que se me van acumulando!!!!

Lo prometido es deuda

Lo siento mucho, chicos… otro fin de semana sin tiempo ni oportunidad para actualizar mi blog como es debido (con fotos, entre otras cosas, que se que rut las está deseando). Pero como lo prometido es deuda, y a varios miembros de mi familia les prometí que añadiría una entrada cada fin de semana para que supieran que sigo viva, que no me ha descuartizado ningún Ted Bundy, ningún Nigth Stalker ni ningún huracán durante este solitario, yankee y muy frio mes de Febrero (debido a mi auto impuesto aislamiento con respecto a la madre patria), pues aquí va un pequeño adelanto que sirve de saludo a mis amigos españoles y a la familia.

Os cuento lo que hice anoche

Ayer sábado por la tarde/noche, Andreas (Andreas Cangellaris, mi advisor aquí, vamos, mi jefe más o menos) me invitó amablemente a cenar en su casa con su familia. Yo pensé que se trataba de una cena simplemente con su mujer -una muy rolliza, bastante atractiva y extraordinariamente simpática americana que vive sonriendo, de voz dulce y carácter nervioso y abierto, que me conquistó desde el primer momento en que la vi, el día siguiente al de mi llegada- e hijos -dos granujientas adolescentes con aspecto muy americano, ligero sobrepeso incluido, pero de apariencia inteligente a pesar de lo convencional, a las que ya conocía, y un chavalote de unos trece o catorce años que está a medio camino entre el querubín infantil todo rubio y todo griego que ha sido hasta hace poco, de los griegos clásicos (a los antiguos me refiero, no a los típicos; o al menos así se nos representan, rubiales y de piel sonrosada y blanquita como la de un lechón, como lo es el griego Andreas, su padre), a medio camino entre el rosáceo querubín, decía, y el hombre posiblemente guapo, correcto, educado (se le ve, lo cual se agradece porque la edad que tiene es terrible), igualmente convencional que sus hermanas e igualmente de mirada inteligente, sanote joven universitario americano que llegará a ser, si algo no lo remedia-. Gente agradable, en general, sobre todo la esposa, Helen, y el propio Andreas, claro, que, ya lo digo de paso, se está portando conmigo fenomenalmente bien y está haciendo todo lo posible porque me sienta cómoda aquí.

El hecho es que, a pesar del gesto tan amable de invitarme, no me apetecía nada ir, entre otras cosas porque ayer concretamente, muy concretamente, no era mi día, por cuestiones personales y puntuales que no vienen al caso.
Pero de nuevo no pude decir no (ya contaré cual fue la anterior invitación Callegariense que no pude rechazar, justo al día siguiente de mi llegada a Urbana-Champaign); no pude declinar amablemente la oferta y retroceder marcha atrás dando las gracias, gracias, gracias, pero no, porque ya le había dicho que no tenía planes para este fin de semana y porque me hubiera parecido una descortesía monumental. Y si llego a saber todo lo que prepararon, más aun.
Así que me arreglé a toda prisa (qué tiempos aquellos, hace apenas tres semanas, en los que una de vez en cuando se arreglaba o se medio apañaba, al menos, en media hora, deprisa y corriendo, con un ojo puesto en el reloj con la pretensión de ir a algún lugar mas allá de la mesa de trabajo o el supermercado), me maquillé, me perfumé, saqué del armario un par de cosas bonitas de entre las muy, muy pocas que traje para “ocasiones especiales”, todo lo cual me puso de muy buen humor porque no hay nada como sentirse mujer para ponerse de buen humor, recuperé mi mejor sonrisa, que la había perdido ese mismo día en algún rincón por ahí debido a vaya usted a saber qué tonterías… (aunque toda la semana anterior la había tenido puesta y radiante en mi solitaria concentración), cambié las botas de oso polar por las botas que traje de España (no tengo otro calzado mejor aquí, pero volver a oír sonar los escasos tacones que tienen esos botines me ayudó a ponerme de mejor humor todavía), incluso en un alarde de locura transitoria me atreví a cambiar el grueso abrigo y ponerme uno de entretiempo, el único bonito que me he traído (total, voy de casa al coche y del coche a casa, pensé, y pensé bien, porque además estoy volviéndome inmune al frio infra-humano) y me dispuse a esperar a Andreas en mi apartamento a las 5.45 de la tarde y a poner cara de persona agradable durante las próximas horas en una cena que intuía que en otras circunstancias hubiera sido deseada y deseable, pero que ayer, y una vez medio recuperada la sonrisa, por culpa sobre todo al cansancio, que ese no se habia ido, me iba a aburrir un poco, aunque, todo sea dicho, Andreas es un persona bastante interesante, aparte de, obviamente, un hombre brillante. Es muy interesante charlar con él, aunque hasta ahora apenas habiamos hablado, excepto de trabajo.

Pero la cena fue divertidísima, muy, muy agradable y muchísimo mas interesante de lo que hubiera podido imaginar nunca. El matrimonio Cangellaris, frisando la cincuentena, tuvo el detallazo de invitar a otros dos matrimonios de edades y posición similares (respecto a ellos, ambos son profesores titulares en la Universidad, como mi jefe, aunque creo que ninguno es Full Professor, o sea, catedrático, y ninguno de los dos trabaja en nuestra área, uno hace aviones y otro es del área de control), que resultaron ser absolutamente encantadores. Pero encantadores de verdad. Petros y su mujer Maria son griegos, como Andreas, mi jefe. Mark es americano y Lila, su esposa, es mejicana.


Petros es un hombre muy, muy masculino, extraordinariamente atractivo (este sí, típico griego… que no clásico: pero lo que quiera que sea, lo es hasta la medula), muy moreno, de facciones marcadas, etc. Y acostumbrado a piropear sutilmente y a ser cortés/galante con las mujeres, lo cual siempre se agradece, aunque sean cumplidos. O sea, del tipo bruto-seductor-educado o educado-bruto-seductor. Su aspecto simiesco no deja adivinar que es ingeniero (si es que ambas cosas tienen algo que ver, porque ni se ha probado que la inteligencia vaya de la mano con la carrera de ingeniero, ni se ha probado tampoco que los simios sean, además de brutos, tontos, que ya quisieran muchos). Su mujer… bueno, su mujer me pareció una persona extraordinaria. Ambas mujeres eran extraordinarias, una griega, la otra mejicana, como ya he dicho, aunque su español estaba siendo echado a perder por los veinte años que lleva aquí casada con un americano, el otro profesor, Mark, al que se le ve muy buena persona. Bueno, digo que las mujeres son extraordinarias y me encantaría volver a verles a todos, pero especialmente a ellas, porque ambas me fascinaron por completo, mucho más de lo que me fascinó Helen, la mujer de Andreas en su momento. Muy femeninas, muy inteligentes, muy divertidas, con una sensualidad muy particular, muy despiertas, muy atractivas (atractivas como mujeres y atractivas para mí, es decir, con un atractivo que trasciende lo sexual y lo sensual) y de conversación ágil. Si no fuera por el atractivo poderosamente masculino que emanaba el griego que tenía a mi lado, y por la simpatía y la franqueza del rostro caballuno del yankee (el único yankee a la mesa junto a Helen) y, claro está, por la brillantez de mi jefe, diría que las mujeres me tenían más fascinada que los hombres. Bueno, por supuesto que me tenían más fascinada que los hombres, aunque todos eran muy divertidos, amables e interesantes. Las mujeres no hacían más que reírse y hacer chistes verdes y alusiones picantes de las cuales yo solo comprendía la mitad. Yo también me reí muchísimo. Me sentía encantada y muy cómoda, muy a gusto. Conociendo a este tipo de mujeres yo me pregunto que verán los hombres en la insípidas veinteañeras…
En fin, la cena fue estupenda. La comida, riquísima, la conversación, que fue desde la política americana hasta los giros idiomáticos y las confusiones a las que pueden dar lugar, pasando por todo tipo de chistes, bromas, alusiones, etc., y achispada un poco con el vino que bebimos fue divertida, ágil, interesante y cercana. Había un ambiente de comunión entre ellos, del cual por un momento me hicieron sentir partícipe, que me resultó muy acogedor y muy bonito. Me recordó a una cena de amigos o de parejas informal en España, había mucha espontaneidad y muy buen rollo. La casa, preciosa y enorme, duro contraste con el espartano, pequeño y casi vacío apartamento en el que habito, aunque no lo cambio porque le he cogido cariño (que mentirosa soy, anda que si pudiera cambiarlo por la peazo casa del Andreas…!!!!), los cuatro coches, a cual más bonito (ya echaba de menos montar en coche, también… El día siguiente a mi llegada monte dos veces, y al día siguiente, tres, pero ya no he vuelto a montar. Salvo en el bus, claro. Y es curioso porque, aunque todavía no sueño con ello, conducir es una de las cosas que más echo de menos… Matías, ay, mi Matías!)


Nota: muy interesante ver a Andreas con los ojos chispeantes por el alcohol, más interesante aún enterarme de alguna de sus aventuras juveniles con mujeres –ya intuía yo que, aunque en declive ya, y aunque no especialmente atractivo, tiene todavía pose de seductor. Ha tenido que ser un pieza, el Cangellaris-, y que sus primeros sueldos de ingeniero, mientras hacía el doctorado, se los fundía en partidas de póker… increíble… uno de los tíos de más prestigio en el área del electromagnetismo ahora mismo, eh?, es que hay que ver lo que para mi significaba el nombre de “Andreas Cangellaris” antes de venir aquí, no me lo imagino apostando al póker su sueldo de un mes cuando era joven… Me sentí una privilegiada ayer al haber podido entrar un poquito en su vida, en su intimidad, que me abrió tan generosamente, porque me mostró su lado social más íntimo y más amable, con su casa, familia y amigos, sus chistes y su buen vino. Una noche que no olvidaré.

domingo, 3 de febrero de 2008

En el duro invierno

Hola a todos. Este blog, a petición de varios amigos, ha sido creado para comentar mis aventuras y desventuras en la pequenia, universitaria, ciudad de Urbana-Champaign (Illinois, USA). Y gracias al corrector ortográfico, puedo poner acentos! (aunque no de forma directa, y siempre que el corrector ortografico funcione, que no es el caso ahora...)

Como veis, esta sin empezar (y sigue sin funcionar el corrector ortografico) Tengo muchas cosas que contar y muchas fotos que poner aqui, pero eso sera el proximo fin de semana, Dios mediante.

Que el invierno y sus laaaargas noches nos sean leves a todos.
In God we trust